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Reflexiones y otras cosas
16 Nov 2017

Constrúyete una casa (Por qué la lectura no es suficiente)

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Trabajar y trabajar cada día como si fuera el último de tu vida (Joyce Carol Oates)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Mono. Obsesión. Soy más feliz escribiendo. Me lo paso peor. Me falta algo. Me río menos. Hago menos caso a los demás porque casi siempre ando ausente. Pensando en la obsesión. Cosas irracionales, gente que no existe. Compulsiones, ideas, palabras-frases. Así no se puede vivir. Hay que escribir. Escribir cualquier cosa que no dirías pero de un modo en el que siempre lo podrías decir. Obligatoriamente. Estoy lejos de CASA. Lejos de escribir”. Así se quejaba Silvia Nanclares en el epílogo a su segunda edición de El Sur. Instrucciones de uso, esa colección de relatos autoficcionales que muchas devoramos con avidez hace ya algunos años. Es que la lectura de Silvia es de esas que te ponen directamente a escribir.

Constrúyete una casa para toda la vida. Todas nosotras hemos sentido ese desarraigo de los cambios, de las mudanzas, de la vida que avanza y a veces se pone por delante de una. Sí, es verdad; en esos momentos nada resulta más sosegante que regresar al libro, a la letra impresa junto a una buena taza de té y una manta… quizá en la parte trasera de un autobús. Noviembre está siendo un mes viajero.

Aunque cuando somos niñas, aprendemos más o menos a la vez a leer y a escribir, estas son dos cosas que enseguida se separan. Por desgracia no son muchas las y los profes que mantienen la escritura como parte del curriculum escolar. Yo tuve suerte: entre los doce y los catorce, como parte de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana, escribí un libro por año*. Sin estas experiencias, mi periplo de crecimiento habría sido todavía más inhóspito de lo que (ya) fue.

Lee. Para aprender, para soñar, para crecer. La lectura se convierte en eso que todo el mundo nos dice que hagamos; el motivo de tantas y tantas campañas. La lectura como maquinaria de producción… y reproducción. Como consagración, tantas veces, de ese canon literario que se nos va antojando inalcanzable: el de las escritoras, pero sobre todo (no nos engañemos) LOS ESCRITORES.

En realidad, no hay nada que esté tan al alcance de todo el mundo, nada que resulte tan barato como la literatura. Lee, sí, lee. Pero también escribe. Apodérate de las palabras, que en realidad son tuyas, nuestras. A Cervantes, a Shakespeare y a Lope de Vega nada les diferencia de ti, salvo que se atrevieron a coger la pluma. Lo demás no viene solo, sino gracias a ese gesto. El de sentarse y dejarse ir sobre la página en blanco. Un gesto revolucionario.

Lectura y escritura son como dos caras de una misma moneda. Pero no es suficiente con adorar el canon, hay que remangarse bien y sumergirse en el barro hasta las rodillas. Ensuciarse y chapotear. Incendiar el castillo con sus señorES feudalES dentro. La escritura (más que la lectura, por sí sola) nos enciende la chispa y las ganas. No de repetir como loros, no de aprender fechas y coleccionar títulos. De construirnos UNA CASA NUEVA Y PROPIA, y quedarnos a vivir en ella.

Las reglas, esta vez, las pones tú.

 

Aún están en mi estantería: el primero fue una novela; el segundo, una colección de pequeños ensayos autobiográficos en cierto modo adelantados a su tiempo:) 

 

(Imagen de la edición catalana de Si quieres ver una ballena, álbum ilustrado de Julie Fogliano y Erin E. Stead, 2013; por cierto, muy recomendable)

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