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Reflexiones y otras cosas
4 Abr 2017

El lunes puede ser EL DÍA

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Estas flores pochas me acompañan cada día; están sobre el escritorio donde trabajo, donde leo textos… También donde los escribo. Los lunes son días tediosos, a veces desesperantes; la semana pende ante nosotras, como un océano infinito en cuyo horizonte (el fin de semana, claro) la vista se nos pierde. El caso es que cuando yo levanto la nariz de la pantalla del ordenador, lo que veo es esto: una copa vieja de licor de la que sobresale un ramillete de flores secas y amarillentas. Y de pronto el lunes ha empezado a no resultarme tan fastidioso.

La semana pasada estuve dando una clase de escritura en la Universidad Complutense, dentro del diploma Cuerpo y Narratividad. Hice que todas y todos los alumnos se llevaran un objeto personal y significativo para ellas; un simple objeto. Una vez en clase, estuvimos explorando los objetos, descubriendo cualidades que hasta ese momento se nos habían pasado por alto. Y entonces empezaron a pasar cosas: botellas de vidrio que se rompían, latas de Coca-Cola que de pronto parecían tener voz, pastillas tranquilizantes que dibujaban constelaciones sobre la superficie de una silla… Pasaron muchas cosas. Después escribimos sobre esas cosas.

Mirando mis flores viejas y polvorientas, hoy me he acordado de los objetos. De la vida de los objetos, y de todo aquello que un lunes por la mañana nos parece gris y anodino. Todo lo que nos aburre y hasta nos hace enfadar. Después me he dado cuenta de que una flor nunca es solo una flor; o sí, es nada menos que una flor. Esa flor: con su polvo y su vejez a cuestas. Sus pétalos cayendo, o ya caídos… ¿Alguien se ha fijado en esos arañazos rojizos que hay sobre la pared, unos centímetros por encima del ramillete? ¿Podrían estar hechos por unas uñas mal pintadas en un descuido? ¿Tal vez en un gesto de placer contra la pared que hacía de cabecera de la cama en una vida anterior de este cuarto…?

La vida de los objetos. La vida de los lunes, y del resto de los días. La vida de la vida, esa que exprimimos a golpe de pluma sobre la libreta, o de tecleo sobre el ordenador. Hacemos la vida mejor, gracias a que la contamos: nos la contamos a nosotras, y en ese acto también nosotras adquirimos porosidad, como esponjas. Nos convertimos en protagonistas de nuestra propia vida, con todas sus cosas (las botellas, y las latas, y las flores viejas, que también son protagonistas de la suya), y con todas las historias que estas cosas contienen en su interior.

El lunes puede ser EL DÍA; o el martes, o el miércoles. Porque cada uno de estos días es el día en el que te percatas de las cosas que te rodean: en el que absorbes las flores, el polvo o lo que sea. De ellas, y de sus historias. Y la cuentas. Y te cuentas…

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