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Reflexiones y otras cosas
30 Ago 2018

Septiembre o La vida vulnerable

 

No quiero morir. Cuando tenía nueve años, un sábado por la noche en que estaba tumbada en la cama a punto de dormirme, de pronto me llevé la mano al pecho. Pensé en el latido de mi corazón y presioné mi mano sobre el esternón, tratando de encontrarlo. Como no lo conseguía, me entró PÁNICO. Estuve todo el resto del fin de semana pensando que estaba a punto de morir. Y no iba desencaminada, porque lo que yo acababa de descubrir es que todo en esta vida es frágil y limitado como ese latido cardíaco: un día comienza, y otro día (algún día) termina. La vida se me volvió insoportablemente insegura, débil, vulnerable.

PÁNICO.

Es curioso que justo sea por esa época, los nueve años, cuando empecé a decir que quería ser escritora.

Aunque nos empeñemos en decir que el año termina en diciembre, no cabe duda de que algo sucede al comienzo del verano (no es casualidad que sea a finales de junio cuando se celebra el solsticio): algo que marca el final de un ciclo. Septiembre es un momento de inicio, de arranque: esa época del año en que estrenamos horario, actividades, agenda. Septiembre es renacimiento.

¿Por qué?

Porque (en este hemisferio al menos) cada mes de agosto morimos.

Este mundo que hemos pergeñado nos obliga a desarrollar unos niveles de hiperactividad que a más de una nos ponen al borde de la enfermedad. Obligamos a nuestros cuerpos a seguir un ritmo frenético de trabajo, compromisos sociales, vida cultural, actividades de ocio, responsabilidades familiares… Incluso el descanso se convierte en una parcela organizada y acotada según ciertas reglas que no dejan de ser (en muchos casos) las del mercado: hasta de ir a dar un paseo por la montaña, hacemos marca.

De septiembre a junio.

A partir de julio el ritmo decrece. Hay que descansar, decimos. Viajar, desconectar, retomar el contacto con una misma… En agosto, las constantes vitales están tan bajas que para tomarle el pulso a las ciudades hay que irse de verbena. Si tienes la mala suerte de tenerte que pasar el mes currando, notarás que el mundo (sí, ese mismo mundo que nos penaliza por PARAR en cualquier otro momento del año) no te lo pone fácil.

Agosto es muerte, una muerte imprescindible para poder seguir aguantando el ritmo. Sin entrar en más disquisiciones políticas, la vida es cíclica. Morimos continuamente; y continuamente renacemos. Todo cambia, nada permanece. Por eso las despedidas, por eso los encuentros.

Pero a mí las verbenas no me bastan. Mi cabecita, que nunca para, repite: ¡No quiero morir! ¡No quiero morir!

Y sin embargo, muero, me descompongo, desaparezco. Desaparece aquella que fui al inicio del verano.

A finales de mes, renazco. Para mí es algo parecido a la llegada de la menstruación, después de la agonía de los días previos. Como regresar a casa, redescubrir tus cosas (mi cama, mis libros, mis lápices) como si fueran nuevas. Los viejos olores. Y ya no hace calor.

Así comenzamos septiembre: como recién nacidas que se escriben con lentitud y algo de torpeza (lo llaman deleite); porque no hay prisas. El mundo es nuevo cada 1 de septiembre, y podemos explorarlo a nuestras anchas, paladearlo y disfrutarlo como las niñas que somos. El mundo es nuevo, porque empezamos a escribirlo NOSOTRAS, AHORA, EN ESTE INSTANTE.

¿Te vienes?

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