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Reflexiones y otras cosas
17 Abr 2017

Diario de una salsera en Gasteiz: 48 horas de escritura, 48 horas de placer

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Viernes, diez de la mañana. Esta Semana Santa viajamos hasta Vitoria-Gasteiz, una ciudad verde y preciosa en la que cuentan con nada menos que una Escuela para la Igualdad y el Empoderamiento, creada y gestionada desde el propio Ayuntamiento. Durante dos días desarrollaremos allí un taller de escritura autobiográfica con un grupo de trece alumnas. De camino, repaso las notas, los ejercicios que me gustaría proponer. Estoy nerviosa, expectante; y también concentrada. Hace sol mientras el tren recorre los campos castellanos, rumbo al norte.

Viernes, cuatro de la tarde. Tras un breve paso por el hotel, comenzamos el taller en una impresionante sala del Palacio de Villasuso, en pleno casco viejo de Vitoria. Varias mesas dispuestas de forma rectangular, nos permiten vernos las caras unas a otras. De momento hay curiosidad, puedo notarlo. Tengo una pizarra. Tengo contraventanas, fuertes y grandes, que proyectan su sombra sobre el suelo de mármol de nuestro cuarto propio y común. Hace calor esta tarde. ¿Por qué escribirnos? ¿Por qué contarnos? Quizá para saber quiénes somos. O: por qué nos gusta lo que nos gusta. O: por qué detestamos lo que detestamos. Vivimos donde vivimos, queremos a quien queremos, reímos o lloramos cuando lo hacemos. Escribimos porque antes que con cualquier otra u otro, cada una de nosotras vivimos, sobre todo, con nosotras mismas. Conocernos, pillarnos a nosotras mismas, es el principal reto que tenemos por delante. Arrancamos con Mi vida en 6 palabras: un ejercicio de síntesis y creatividad, y una primera toma de conciencia como escritoras (porque escritoras somos, puesto que escribimos). Cada una de nuestras palabras se convierte entonces en única y especial: simple y llanamente, porque es nuestra. Por eso de pronto todo, botes de colonia, fotografías, madejas de hilo (y demás objetos que las alumnas han traído consigo) se vuelven importantes. La escritura, la nuestra, la propia, confiere trascendencia a nuestras cosas: nos confiere trascendencia a nosotras.

Viernes, ocho de la tarde. Paseo con las alumnas por los murales de las fachadas del casco viejo. Un proyecto colaborativo por el que la arquitectura de la ciudad se colorea y actualiza. Después, sidra y cañas en El tulipán negro. Y todavía un poco más de fiesta.

Sábado, diez de la mañana. Pese a que nos empeñemos en escribir a pesar del cuerpo o por encima suyo, nosotras somos, antes que ninguna otra cosa, carne, huesos y vísceras. Somos vista cansada y músculos que necesitan estirar. Comenzamos la sesión de la mañana respirando y escuchando todo aquello que nuestros cuerpos quieren contarnos; susurrarnos. Después, escribimos. Tras una pausa, dibujamos nuestros árboles genealógicos, visualizamos las herencias, los legados que hemos recibido: los positivos, y los que no lo son tanto. Y seguimos escribiendo.

Sábado, dos de la tarde. Comida en la plaza de la Virgen Blanca, en muy buena compañía. Lomo de bonito blanco, riquísimo. Y surtido de croquetas. Como Natalia Ginzburg, me pregunto: ¿quién ha dicho que no se pueda -y hasta se deba- escribir sobre las llamadas cosas pequeñas?

Sábado, cuatro de la tarde. Reanudamos. Con más listados: Me gusta…/ No me gusta… Y componemos poemas. La escritura puede ser una herramienta que nos permite tomar conciencia de nuestras fortalezas y capacidades; esto es, empoderarnos. Porque dirige el foco hacia nosotras y nuestras vidas. Nos impulsa a tomar los mandos y contarnos… antes de que otros, los de siempre, lo hagan.

Sábado, ocho de la tarde. Cañas de final de taller. Nos ronda la palabra coño y sus usos empoderantes. En la Virgen Blanca, muy cerca de donde hemos estado dando clase, existe una escultura circular que pretende enmarcar la vista de la ciudad… y a la que todo el mundo se refiere como el coño. Bebemos y charlamos, intercambiamos referencias al calor de los pintxos…

“Me acuerdo de cuando decidí hacerme animadora y no lo conseguí”, escribe Joe Brainard en 1970. Me acuerdo de… seguimos diciendo nosotras. Arrojando el yo-yo de la memoria y recogiendo el hilo, a ver qué nos trae. Respirando y reescribiendo, con palabras, todo eso -a veces tan difícil e inaprensible- que el cuerpo nos susurra a gritos; intentándolo al menos. Lidiando con la genealogía. Dibujando la red: la nuestra, la de quienes nos cuidan y sostienen, y a quienes también cuidamos y sostenemos. Fisgando o cotilleando, como salseras que somos (el término es un regalo de las mujeres de Gasteiz): hemos, sí, de meter las narices en todas las salsas, porque son nuestras (como decía Clarice Lispector, yo me hago cargo del mundo…). Y olerlas y saborearlas.

Domingo, dos de la tarde. Nuestro autobús está a punto de salir de la estación. Abandonamos Vitoria con la primavera bien prendida bajo las uñas. La experiencia ha sido tan buena que comenzamos el nuevo trimestre con las pilas tan cargadas como el sol que nos alumbró durante todo el fin de semana: chapoteando aún en las diversas salsas con las que jugamos a embadurnarnos en la ciudad verde…

 

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